miércoles, 22 de abril de 2015

Cléobulo Sabogal y la montaña mágica de sus diccionarios

Cleóbulo Sabogal, en la Academia Colombiana de la Lengua, junto al bronce de Miguel de Cervantes Saavedra, obra del escultor español Juan de Ávalos. Foto: La Pluma & La Herida  
Ricardo Rondón Ch.

Quien no lo haya visto de cuerpo presente se lo imaginara entrado en años, poblado de canas, el rostro cetrino surcado de arrugas, unos ojillos inquisitivos de roedor de biblioteca protegidos por unos anteojos gruesos como culos de botella, apoltronado en su oficina en medio de arrumes de mamotretos, incunables y periódicos amarillentos picados por el tenebroso ácaro de la sarna; un retrato similar al del recordado ‘Godofredo Cínico Caspa’ de Jaime Garzón, pero no…  

Cleóbulo Sabogal Cárdenas, el suspicaz y diligente custodio del idioma, es un hombre relativamente joven, sin una hebra plateada que delate vejez, con más aires de notario municipal, secretario de juzgado o cajero del Banco Agrario.

-¿Qué se echa que no le salen canas?-, le pregunto.

-Me echo a dormir temprano, porque soy muy malo para trasnochar-, responde con un veloz lance sarcástico, que en el argot taurino podría traducirse en un trincherazo de empaque, o en un ‘pase de la firma’, que llaman.

En la puerta de su oficina, a la que se llega luego de atravesar un largo, entapetado y melancólico vestíbulo -que me recuerda el corredor del tétrico hotel donde, a órdenes de Stanley Kubrick, Jack Nicholson perseguía enloquecido a su familia con un hacha en El Resplandor (1980)-, hay una inscripción que dice: Sala Rafael Maya. Oficina de información. Comisión de vocabulario técnico.

En su despacho, rodeado de sus inseparables diccionarios. Foto: La Pluma & La Herida 
Íngrimo en ese amplio salón, el profesor Cléobulo está a punto de completar diecisiete años como consultor y veedor del buen uso del castellano para Colombia, no rodeado de incunables y mamotretos salpicados de cagarrutas de bichos endémicos, sino de muchos diccionarios, de época y actualizados, dispuestos en su vitrina personal y en su escritorio, con un orden y una simetría próximas a la neurosis de los estetas.

A vuelo de pájaro tomamos nota de algunos de las decenas de títulos que lo acompañan en su rutina diaria, sin contar los que tiene en casa: el Diccionario del Español Actual. El Manuel de Estilo de la Lengua Española, de don Manuel Martínez de Sousa. El Nuevo Diccionario de Dudas y Dificultades de la Lengua Española. El Diccionario Panhispánico de Dudas. Los seis tomos del Atlas Lingüístico Etnográfico de Colombia. El Diccionario Manual e Ilustrado de la Lengua Española. El Diccionario de Gentilicios de Colombia. El Diccionario de Expresiones Extranjeras. El Diccionario de Bibliología y Ciencias Afines. El Diccionario para la Enseñanza de la Lengua Española (de la Universidad Alcalá de Henares). Y pare de contar.

Como si todo lo anterior no lo satisficiera, Sabogal, con un tono de quien se le antoja un refresco y una empanada para las medias nueves, dice que acaba de hacer un pedido a la Casa del Libro de España, doce ejemplares en total, para renovar y actualizar su campo idiomático, entre ellos: la quinta edición del Manuel de Estilo de la Lengua Española. La cuarta edición del Diccionario de Redacción y Estilo, de don José Martínez de Sousa, y el Manual de Estilo Chicago Deusto (por la universidad), traducido por vez primera al español. ¡Como para enloquecerse!

Esa obsesión por los diccionarios se remite a su época de niño, en Cunday (Tolima), cuando llegó a sus manos el Pequeño Larousse que exigía la lista de útiles escolares. Luego, con fervor en el bachillerato, repartido en tres etapas: los  primeros en su pueblo natal; 8° grado en un colegio privado de Ibagué, y 9°, 10° y 11° en el Seminario Menor de la capital tolimense.

Sabogal estuvo a punto de ordenarse sacerdote, pero desistió de los ornamentos cuando se sinceró de que esa no era su vocación. Foto: La Pluma & La Herida   
Embebido por la belleza inalcanzable de las potestades celestiales y la quintaesencia de la fe católica, y aterrorizado ante los pecados del mundo y las trémulas debilidades de la carne, entre relicarios y devocionarios, cursos de latín y griego, y ‘Las Confesiones’, de San Agustín de Hipona, el buen Cleóbulo, con todos los ardores de la adolescencia, soñó lucir los ornamentos sacerdotales y cursó la carrera completa en el Seminario Mayor de Ibagué.
   
Si no se ordenó como lo instruye y manda la Iglesia, fue porque cuando prestaba sus labores, ya con ministerios, en la parroquia del municipio tolimense de Santa Isabel, se dio cuenta, con profunda nostalgia, de que la del sacerdocio no era su vocación. Así que claudicó en su intento.
      
A escasos meses de llegar a Bogotá, en 1998, tuvo la fortuna de emplearse  como jefe de información y divulgación de la Academia Colombia de la Lengua, y para complementar estudios y conocimientos en aras de la responsabilidad de su nuevo cargo, materializó una licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad de la Salle.

De ese año, a la fecha, el profesor Cléobulo Sabogal es el encargado de dilucidar y responder a cualquier tipo de dudas de profesionales de diferentes áreas: abogados, catedráticos, publicistas, diseñadores gráficos, correctores de estilo y, paradójicamente, que debería ser en sumo grado, uno que otro periodista. Revela que quienes, con más frecuencia lo consultan, son Yamid Amat y María Lucía Fernández.

Por eso se duele de cómo se maltrata el idioma, sobre todo en los medios de comunicación, cuando se da a la tarea de cazar gazapos. Dice que de las más de quinientas mil palabras que en promedio ostenta el castellano, un colombiano raso -que puede ser un ‘cargaladrillos’-, no alcanza a manejar cinco mil.

“Hay considerable descuido y negligencia en el uso de la palabra. Las alocuciones en radio y televisión, sobre todo en las secciones de entretenimiento y farándula, están plagadas de yerros. Ni hablar de periódicos y otras publicaciones, la mayoría empedradas de errores”, añade Sabogal Cárdenas.

Parte de ese descuido, aduce el filósofo y lingüista, tiene que ver con que no hay el mismo rigor de enseñanza de gramática y ortografía de otros tiempos: “Ya no se exige en el pensum académico la Gramática de Andrés Bello, o la Gramática Latina de Rufino José Cuervo y Miguel Antonio Caro. Menos el Tratado de Ortología y Ortografía, de José Manuel Marroquín. Ahora a la gente no le importa hablar bien, sino que se le entienda”, agrega Sabogal.

Bajo el ala tutelar del máximo representante de la lengua española. Foto: La Pluma & La Herida
En su escritorio recibe un promedio de cuarenta consultas telefónicas y por correo electrónico, no más de diez. No lee otro asunto que no tenga que ver con el lenguaje en todos sus niveles. Para él no hay palabras bonitas o feas. “Para mí las palabras son significativas, dicientes, pero no más. Pero tengo que reconocer que me disgustan las palabrotas, es decir, las groserías”.

Aunque no tiene un jefe inmediato y cumple a un horario de empelado público, a Sabogal le desconsuela que, con todos los estudios realizados y las pestañas chamuscadas de tanto consultar y devorar diccionarios, el sueldo que gana no sea el más coherente: “La Academia Colombia de la Lengua depende del Ministerio de Educación, y bien se sabe que el presupuesto es escaso”. Está escrito: en este país gana mucho más una modelo o una presentadora de farándula que un científico o un catedrático como Cleóbulo.

Para redondear las ganancias, dicta clases particulares a estudiantes y profesionales, y recibe una paga por la columna mensual que escribe en el informativo de Copidrogas. Esto para ahorrar e invertir en lo que ha sido su pasión y entrega de toda la vida: diccionarios y manuales de lenguaje que, en su caso, es lo que más le demanda dinero desde su condición de soltero feliz a sus 41 años, que no fuma, no bebe, no trasnocha, y los domingos y fiestas de guardar los divide entre almuerzos y onces con tías adorables, o en la casa de su mejor amiga, Clara Lucía Delgado, quien fue discípula suya en la Universidad Javeriana, y hoy una aventajada editora.

Para estas fechas, cuando se celebra el Día del Idioma, Sabogal atiende a los estudiantes duchos en ortografía y gramática de diferentes colegios, o a personas particulares. Les comparte un tour por los aposentos de la Academia, en especial la biblioteca y el archivo, les habla de la historia de la institución y de las funciones que cumple.

En las puertas de su casa de hace casi diecisiete años. Foto: La Pluma & La Herida
A mediodía no falta el amigo o la amiga que lo invite a almorzar con una copa de vino por cuenta de don Miguel de Cervantes Saavedra, o de algunos de la pléyade de doctos y eruditos del castellano que abundan en óleos y fotografías en su oficina, con el friso de la Literatura Colombiana, del maestro Luis Alberto Acuña, como telón de fondo.

En esas solemnes paredes, aparecen entre otros: el padre Félix Restrepo, a quien se debe el edificio de la Academia Colombiana de la Lengua, que empezó a construirse a mediados de los 50 y fue terminado a comienzos de los 60. Un retrato al óleo de don Hernando Domínguez Camargo, de los más representativos del parnaso de la Nueva Granada. Otro de Andrés Bello, venezolano, uno de los mejores gramáticos del idioma español, junto con Elio Antonio de Nebrija, autor de la Primera Gramática del Español. Uno más de monseñor José Telésforo Paul, miembro de la Academia Colombia de la Lengua, y por supuesto, el del Gran Cervantes en tintilla, que un letrado de entreguerras trajo de España en el siglo antepasado, como de la Madre Patria el imponente bronce de don Juan de Ávalos, que custodia la entrada del edificio de estilo neoclásico, diseñado por el arquitecto español Alfredo Rodríguez Ordaz.

Son las cinco de la tarde y el profesor Cléobulo Sabogal Cárdenas se despoja de sus ‘cubremangas’ de cajero del Banco Agrario porque es hora de partir. Se pone el saco y ajusta con parsimonia el nudo Windsor de su corbata. Cruzamos el largo vestíbulo cinematográfico que conecta a las escaleras que conducen al primer piso donde está el emblemático paraninfo.

En el antepecho de la Academia Colombiana de la Lengua, justo al borde de la estatua de don Miguel Antonio Caro, Cleóbulo Sabogal cruza unas palabras con don Ananías, su hombre de confianza, el funcionario que tiene a cargo las llaves y la custodia del recinto sagrado del idioma, y el mismo que con el pasar del tiempo le transmitirá a sus nietos que fue por años compañero y amigo de aquel hombre, silente y solitario, que nunca se apenó del nombre griego que con orgullo lo bautizó su padre, y que por encima de todas las riquezas y tentaciones terrenales, amaba los diccionarios.

Del tintero y otras tintillas

¿Cómo han sido las relaciones con sus padres a partir del nombre con que lo bautizaron?

“Fue una relación de gratitud la que tuve con mis padres, porque los dos fallecieron. Sin embargo, agradezco a mi padre el haber escogido este nombre griego, que tiene un gran significado, y que al decir de muchos, hago honor a él”.

¿Por ese nombre fue que decidió en su juventud seguir los caminos del sacerdocio?

“No, el nombre no tuvo nada que ver con mi carrera sacerdotal”.

¿Qué lo motivó entonces?

“La vocación que desde niño sentí y por la que estuve diez años interno en el Seminario de Ibagué”.

¿Tiene un diario donde cuenta esta vida y la otra al servicio de Dios?

“Nunca he llevado diarios”.

Pero con diez años de encierro monástico debe tener muchas cosas que contar...

“Hay un conjunto de anécdotas, tristezas, alegrías y satisfacciones, pero tampoco como para publicar un libro”.

¿No es como para enloquecerse estar todos los días rodeado de diccionarios, incunables y mamotretos?

“No es para enloquecerse, sino para enriquecerse y para aprovechar al máximo el tiempo”.

Cuando se observa al espejo, ¿no le da la impresión de que estás tomando la sospechosa curvatura de una interrogación?

“Me doy cuenta de que estoy tomando la forma de un signo de exclamación, porque cada vez me admiro más de lo que desconozco”.

¿En instantes neuróticos lo asaltan tempestades de tildes, apóstrofes y comas?

“No, las tempestades que me asaltan tienen que ver con problemas sintácticos”.

¿Es usted un obsesionado de la letra H?

“Sí lo soy, porque muchas veces me quedo como una H, es decir mudo, ante tanto conocimiento inabarcable de nuestro idioma”.

¿Es cierto que está avanzando en un complejo ensayo de mil páginas alrededor de la ‘muda’?

“No es cierto, y esa pregunta me deja mudo”.

¿Cuál es para usted la letra más sensual del abecedario?

“Podríamos retomar la H, puesto que con ella se escriben muchas interjecciones como hum, huy y hey, ésta última, que dio nombre a una de las célebres canciones de Julio Iglesias”.

¿Tiene alguna aversión contra la Ñ?

“En absoluto, porque esta letra es indispensable en nuestro idioma”.

¿Por cuál signo de puntuación siente más simpatía?

“Por la coma, porque es el signo que más usos tiene y el que más se presta a discusión”.

¿En la calle lo recuerdan como ‘Coágulo’ su personaje en ‘Los Reencauchados’?

“Nunca: las personas que me reconocen después de cuatro de no estar en el noticiero, me llaman por el nombre, o me dicen profesor”.

¿Hay un santo con ese nombre?

“No señor, lo más parecido a mi nombre entre los santos es Teódulo, que significa siervo de Dios”.

¿Es verdad que es difícil ingresar a su domicilio por la cantidad de arrumes de diccionarios y libros de gramática que existen?

“No es verdad, puesto que soy una persona muy organizada, y casi todos mis libros están en el estudio de mi apartamento”.

¿Cuál es el diccionario en español más confiable en este momento?

“Aparte del Diccionario de la Real Academia Española, consulto otros muy importantes como el Diccionario de Uso del Español y el Diccionario del Español Actual”.

¿Qué hay con el Diccionario Panhispánico de Dudas?

“Es mi libro de cabecera para resolver múltiples interrogantes idiomáticos”.

¿Sigue consultando a María Moliner?

“Sí señor, porque es uno de los diccionarios más importantes de nuestra lengua y la Editorial Gredos se ha encargado de actualizarlo: ya va por la tercera edición”.

¿Cree que los correctores de estilo están en vías de extinción?

“Para nada. Sin embargo, muchos de ellos sí están condenados a desaparecer por su mala preparación y por su desconocimiento del idioma, que es la herramienta esencial de su trabajo”. 

¿Los colombianos, definitivamente somos unos malhablados?

“Más que malhablados diría que hay mucho desconocimiento de nuestro idioma y que lo maltratamos a menudo”.

¿Tiene por afición cazar gazapos como en su momento lo hizo Roberto Cadavid Misas, el recordado Argos?

“No tengo esa afición, pero los detecto fácilmente en mis lecturas”.

¿Cuál es la palabra más extraña que conoce?

“Calipedia, una palabra de origen griego que designa el arte quimérica de procrear hijos hermosos”.

¿Cuál es el verbo que más conjuga?

“Leer”.

¿Y del que más rehuye?

“Emperezar, es decir, dejarse dominar por la pereza”.

¿Es usted un artículo de fe?

“No lo soy, porque los artículos de fe sólo pueden ser propuestos por la Iglesia”.

¿Sus disputas son de género?

“De ningún modo, porque no suelo entrar en disputas de ningún género”.

¿Lo conmueven las diéresis?

“No conmueve su presencia sino su ausencia, puesto que muchos creen que este signo diacrítico ya no se emplea”.

¿A qué sabe una lengua muerta?

“A nostalgia, porque es un sistema de comunicación ya perdido”.

Fuera de la lengua, ¿para qué más es bueno?

“La lengua ha sido mi fuerte, pero por mi segunda carrera, el sacerdocio, me destaco en asuntos religiosos”.

¿Entonces usted la mata de la piedad?

“Sin ser la mata reconozco que soy muy creyente, piadoso y católico practicante”.

¿Qué pecados puede tener un hombre aparentemente sin mácula como usted?

“Muchos, puesto que uno ofende a Dios hasta con el pensamiento”.

¿Y de los capitales?

“De pronto me dejo llevar por la soberbia, que es el más grave de todos, y que por ese un ángel se convirtió en demonio”.

¿Cuánto hace que no se confiesa?

“No más de unos tres meses, aunque ésta también es una confesión, y pública”.

¿Y cuánto que no se arrodilla?

“El domingo, puesto que participo en la eucaristía dominical”.

¿Ayuna?

“Hubo una época, cuando estudiaba en el seminario, en que sí lo hacía, pero actualmente no”.

¿A qué santo le prende veladoras?

“A ninguno”.

¿Quién es Cleóbulo Sabogal Cárdenas cuando se mete a la cama y apaga la luz?

“Un ser durmiente, que la demora es que yo ponga la cabeza sobre la almohada y quedo dormido como un bebito”.

¿Y quién lo socorre cuando se atraganta de miedo con una horrible pesadilla?

“Dios, porque con Dios me acuesto y con Dios me levanto”.

¿Cuál es la pesadilla más frecuente?, ¿acaso la mala ortografía?

“La ortografía es por definición escritura correcta, luego, ‘mala ortografía’, es una contradicción y ‘buena ortografía’ es un pleonasmo o redundancia”.

¿Entonces cómo se dice, profesor?

“Se dice cacografía, es decir, la escritura contra las normas de la ortografía”.

¿Y usted es el verdugo implacable de los cacógrafos?

“Si me dan la oportunidad me convierto en un censor, más que un verdugo”.

¿Cuál es el antónimo de cacógrafo?

“Portógrafo, y ese soy yo”.
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