jueves, 10 de septiembre de 2015

Alfredo Gutiérrez: "No veo a quien pasarle la antorcha"

Alfredo Gutiérrez, leyenda en vida del folclore vallenato. Foto: La Pluma & La Herida  
Ricardo Rondón Ch.

Alfredo de Jesús Gutiérrez Vital -que es su gracia bautismal- observa a través de la ventana de la habitación 1134 del Hotel Tequendama el maremágnum de automóviles que a esta hora, 3:30 pm. de un martes de verano insoportable de septiembre, circula espeso y amodorrado por la congestionada carrera Décima de Bogotá.

Sus ojillos malayos -como él dice, de perrito pekinés-, relampaguean como corozos con los rayos del sol que se filtran por la vidriera. Confiesa el Rebelde del vallenato que por esa avenida, hace sesenta y tres años pasaba el troile, y que él apenas despuntaba en los doce cuando armado del fuelle se colaba en el enorme vehículo alumbrado con luces de quirófano para cantarle a los pasajeros y de ellos recibir una propina.

Eran los tiempos de las necesidades apremiantes en una ciudad donde golpeaba fuerte la lluvia en el rostro y nadie conversaba en los vehículos de transporte público. “Daba la impresión de que la gente, todo el tiempo, se movilizaba como en un funeral. Es lo que más recuerdo de la Bogotá de ese entonces”.

Por esos días, su familia (siete hijos, cinco mujeres y dos hombres) estaba de paso en Bogotá porque su padre, Alfredo Enrique Gutiérrez Acosta, un acordeonero de La Paz, Cesar que no contó con la suerte de su vástago para llegar a la cumbre, sufría de un cáncer cutáneo y fue remitido a la capital para que los especialistas lo trataran. Y como no alcanzaba el dinero para los “remedios”, el pequeño Alfredo contribuía con las monedas que recogía en su itinerario vallenato. Conmovida, su señora madre, Dioselina de Jesús Vital Almanza, bailarina folclórica, las guardaba en un talego de tela rústica.

El tres veces Rey vallenato con el instrumento que le confirió su grandeza. Foto: lapatria.com
Así comenzó a tejerse la leyenda en vida del polifacético compositor, cantante, arreglista y sinigual intérprete del acordeón, el más innovador y revolucionario que haya parido el folclore en su historia, con un poderoso inventario de tres coronas en su festival emblemático de Valledupar (1974, 1978, 1986), innumerables discos de oro, platino y diamante, cualquier cantidad de homenajes y reconocimientos que brillan por doquier en la egoteca de su casa de Barranquilla, decenas de giras por el mundo, y más de 500 temas grabados en todos los formatos, desde sus inicios, el vinilo de 45 revoluciones.

Alfredo Gutiérrez, aún con la maleta encima de la cama, recién llegado de Barranquilla, degusta un plato de espaguetis con pollo y bebe de una botella plástica sorbos de té helado. Dice que en cualquier momento lo llamarán de la recepción a anunciarle el transporte que lo llevará a la sede de SAYCO donde tiene a las 6:00 pm. un ensayo con los sesenta músicos de la Orquesta Sinfónica de Bogotá y los quince de su agrupación, para los conciertos programados los días 11 y el 12 de septiembre en el Teatro ‘Jorge Eliécer Gaitán’: Alfredo Gutiérrez Sinfónico, el vallenato se viste de gala, como cita el afiche promocional.

El virtuoso acordeonero nacido hace 75 años en la vereda Los Palmitos del municipio de Sabanas de Beltrán, en el departamento de Sucre, sugiere que aprovechemos el breve espacio para conversar, dadas las condiciones de su exagerada disciplina y puntualidad con sus compromisos, y sobre todo con el público.

Manifiesta que los verdaderos dramas de su vida han tenido que ver con la tardanza por imprevistos ajenos a su voluntad: los derrumbes en carretera en épocas de torrenciales aguaceros. Los vuelos en avión que no salieron en punto de la hora programada. Las varadas de los vehículos a mitad de tramo. La enfermedad intempestiva de alguno de sus músicos, o la demora en el recibo de consignación del 50% que él como empresario exige al firmar un contrato.

La considerable edad de Alfredo no ha sido obstáculo para emprender las aventuradas correrías que le demanda su prestigiosa calidad artística: hoy puede estar cumpliendo en Bogotá a los ensayos para los conciertos de fin de semana. El domingo a primera hora estará viajando a Barranquilla. El martes a un pueblo remoto del Casanare. De ahí a Medellín o a un municipio de la Costa norte, y si a última hora se atraviesa un toque en una aldea cercana a la hoya hidrográfica del Patía, en el lejano Cauca, lo cumple.

El concierto sinfónico de Bogotá lo tiene muy entusiasmado. Recalca que es el primero, pero que no va a ser el último. Se duele que no pueda ser grabado. “Hoy las disqueras se niegan a invertir y esperan que el artista les de todo, y más si es colombiano. Pero no pierdo las esperanzas”, aclara.

Con su compadre Calixto Ochoa en los albores de su carrera profesional. Foto: tesorosmusicalesdecolombia.com
La última vez que sonaron sus melodías con arpegios y armonías de violas y violines fue en 1970, cuando el sello Codiscos -la casa disquera de toda su vida- quiso experimentar con el vallenato sin coros ni acordeón. El resultado, para nada aceptable al oído de sabedores y ortodoxos, una música conductista adaptada a consultorios de dentisterías, salas de espera, oficinas, pasillos de hoteles, y la programación habitual de Radio Melodía que, efectivamente, en esa década, “mandaba en sintonía”.

Sabe Gutiérrez que un concierto sinfónico es como el Summum Cumlaude de un juglar de su talla, de la misma pléyade que concierne a la música vernácula como Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Abel Antonio Villa, y el mismo Calixto Ochoa, su compadre, con quien recién echados los pantalones largos fundaron Los Corraleros de Majagual.

Por eso se trajo la percha completa, bien planchada y arreglada, algunas prendas nuevas, muy en la tónica y el gusto de quien lo ha vestido y desvestido en los últimos cuarenta y tres años, su esposa: doña Cecilia Mercedes Moscote Daza, la popular ‘doña Chila’, madre de sus dos hijos del matrimonio, fuera de los diez que él asegura haber tenido con “la misma”, pero con diferentes mamás.

Alfredo sostiene que gran parte del éxito de su carrera musical se lo debe a “Mamá Chila”. Nadie como ella para haberle enderezado las torceduras mujeriegas, seleccionarles los amigos, adiestrarlo en las sanas y depuradas costumbres de la buena mesa, ubicarlo frente al espejo para arreglarle el cuello de la camisa y dejarle impecable el nudo Windsor de la corbata, perfumarlo con finas fragancias europeas, y peinarlo y santiguarlo como quien despide a un parvulito en el primer día de su colegio. “Yo no sé qué haría sin mi mujer”, puntualiza el rey vallenato. De ahí que “doña Chila” se haya ganado hace mucho tiempo el mando de la casa en el exclusivo sector de Altos de Ríomar, en Barranquilla.

Suena el teléfono en la habitación y el cronista se cabrea de que el cuarto de hora de su entretenida charla haya llegado a su punto final. Pero el timbre no es para alertarlo sobre el arribo del automóvil que lo trasladará a la sede de SAYCO. Es para el room service del café que a Alfredo no le puede faltar después del almuerzo, y de paso, el ofrecimiento de lavandería.

Entonces seguimos hablando de música y le pregunto cuál de las 500 canciones sonadas que él tiene impresas, ha sido la más taquillera: “‘Dos mujeres’”, dice sin pensarlo demasiado, que grabó en México y que se convirtió más que en un éxito, en una fiebre colectiva, tanto por el ritmo como por su contenido, que en estos tiempos que nos atañen estaría condenada a la pira por la furia implacable de las feministas.

“‘Dos mujeres’ la grabé en un súper-sencillo cuyo formato tenía la misma dimensión de un clásico Lp. El artífice de ese logro musical fue don Pachito Montoya del sello FM, que tuvo la sabiduría de imprimir por un lado ‘Dos mujeres’ y por el otro ‘La carta número 3’. Eso fue la sensación. Circularon dos millones de copias. El disco fue el éxito de la Feria de Cali en 1979, y cómo sería el alboroto que repitió la dosis en 1980, porque no había otro tema con qué competir. Y la gente en Colombia lo pedía a gritos”.

Con el fuelle al hombro por los caminos de Colombia y el mundo. Foto: elvallenatofm.com
-¿Y cómo se le vino a la cabeza esa letra?

“Como se me viene a mí todo. De repente y sin pensarlo tanto. Hoy una melodía la hacen por partes: la primera estrofa, un mes; la segunda, otro mes; el coro, uno más. Hasta que finaliza el año y apenas tienen un sencillo. ‘Dos mujeres’ me lo inspiró un timbalero mexicano que estaba viviendo en carne propia esa situación. Yo paraba oreja cuando él hablaba por teléfono con la una y con la otra. Cuando a una le decía: ‘tranquila mamita, deje la bronca que hasta ahora está comenzando semana y a usted le toca el viernes…’. Y eso fue suficiente para escribirla de un tirón y ponerle música”.

Observo que si hay un Gardel eterno en el espejo móvil del Río de la Plata o en los bulines de París y Tacuarembó; o un Sinatra en los suburbios del Brooklyn que inmortalizó en su novela el genio literario de Paul Auster; también se hablará de un Alfredo Gutiérrez de las sabanas sucreñas, hijo virtuoso de una familia de escasos recursos económicos, que de niño se sorprendía con las bombardas de las tubas y el repicar acompasado de trompetas, trombones y clarinetes, al unísono de porros pelayeros, bajo un plafondo de zafir en tardes de corralejas y festivales, y el mugir del ganado a la distancia, todo confabulado en ese jazz criollo y carnestoléndico que vio germinar a figuras como él, Lisandro Meza, Lucho Bermúdez, Pacho Galán, Calixto Ochoa, Rubén Darío Salcedo ('Fiesta en Corraleja'), la dinastía de los Zuleta con Emilianito a la cabeza, el negro Alejo Durán, o José ‘Chico’ Cervantes, recientemente fallecido, de quien se seguirá escuchando su voz, su piano y su cencerro.

-¿En qué momento se jodió el vallenato, Alfredo?

“Cuando empezaron a utilizar su nombre, ‘vallenato’, para prefabricar un poco de sonsonetes malucos que se tocan con el acordeón. Pero el vallenato no se ha jodido, porque quienes nos encargamos de enaltecerlo y de darlo a conocer ante el mundo: Alejo Durán, Luis Enrique Martínez, Calixto (Ochoa), Lisandro (Meza)  los Zuleta, Jorge Oñate, Iván Villazón y el gran Diomedes Díaz, creo, lo dejamos en un punto tan alto, difícil de desmontar. Ese es el verdadero patrimonio del folclore. Lo demás es algo comercial que no dura más de dos o tres meses, y que la gente olvida rápido”.

¿Qué es entonces el vallenato?

“El vallenato es esencia, sentimiento, filosofía, poesía, lenguaje, es credo, es mística. Reúne muchas cosas. Y lo más importante, hay que sentirlo cuando se interpreta, porque eso se lleva en el alma y corre por las venas. Si no se cumplen estos requisitos, tú no puedes hablar de interpretar vallenato, porque el vallenato raya en lo sagrado”.

-¿A quién le entregaría la antorcha?

“Primero que todo, no la voy a entregar todavía, porque esas son cosas de Dios. Yo no estoy pensando en jubilarme o retirarme. Sigo trabajando como lo he hecho toda mi vida. No se me ha agrandado ni la fama ni el ego. Sigo siendo el mismo desde que grabé mi primer sencillo, bien peladito, ‘La cuñada’, o como cuando me llevé todos los premios en 1969 por ‘Romance vallenato’, que es como la síntesis de mi carrera; además de las tres coronas. Y, segundo, la verdad, y me da pena decirlo, no veo a quién entregársela en caso tal”.

En los tiempos en que grababa hasta seis acetatos en un solo año. Foto: globalgroovers.com
-Bueno, un artista que aunque no sea el polifacético que usted ha sido, reúna virtudes y cualidades de acordeonero. ¿Quién podría ser?

Julián Rojas me parece un estupendo acordeonero: conoce el instrumento y lo ejecuta con sensibilidad. Quiere el fuelle y no lo abandona. Porque con el acordeón pasa como con las mujeres: si no lo tocas y lo consientes todos los días, se te pierde y termina encontrando otras manos atentas y cariñosas”.

-¿Qué opinión le merece Éibar Gutiérrez?

Éibar es bueno: interpreta el vallenato legítimo, pero también el vallenato llorón. Me da la impresión, ojalá no me equivoque, que Éibar aún no ha encontrado la puerta indicada. Y hoy en día el tiempo pasa más rápido que antes”.

-¿Qué más espera un hombre de su talante, después de los 70?

“Creo que he logrado más de la cuenta. Y si mi falta algo por hacer, aún estoy a tiempo. No me duelo ni me arrepiento de nada; duermo tranquilo, no llevo cargos de conciencia; si he fallado o me he equivocado con alguien, he pedido perdón en el momento indicado. A mí la música me lo ha dado todo. De modo que me atrevo a decir, que si la muerte me sorprende en cualquier instante, me iré en sana paz”.

-¿Cómo se mantiene tan activo?

“Siempre he sido inquieto, desde chiquito era hiperactivo. Soy moderado en el comer y en el beber. He dejado de lado las grasas y las gaseosas. Madrugo a hacer ejercicio. Me tomo dos, tres y hasta cinco Buchanan’s 18 años, por recomendación de mi cardiólogo,  pero por temporadas. Trato de vivir lo más tranquilo, aunque la rutina sea hoy más loca y acelerada que nunca. Creo que estoy a paz y salvo con la vida, y ella conmigo”.

-Y, la voz, ¿cómo la conserva intacta?

“Es un privilegio que Dios me dio. Por eso me esmero en cuidarla. Procuro no trasnochar, sobre todo en Bogotá, porque la altura y el frío me ponen disfónico. Lo mismo que le pasaba a Celia Cruz: la altura era su peor enemiga”.

-¿Qué se le ocurre cuando no tiene nada qué hacer?

“Siempre estoy haciendo algo. Cuando no, me agarra una orinadera tremenda. Por eso cojo el acordeón y me pongo a practicar, porque con el instrumento nunca he sentido hambre, ni sueño, ni cansancio. Y puedo durar horas interpretándolo”.

-¿Con los pies?

“Eso lo hago en tarima, porque hace parte de mi espectáculo. Es que me siento incompleto cuando no lo hago. Y el público lo reclama porque ya está acostumbrado”.

'El rebelde del acordeón' y uno de sus mejores colegas y amigos: Jorge Oñate. Foto: areacucuta.com 
-¿Cómo siente la cabeza a la orilla de sus años (75)?

“Hombre, uno se va asentando como el agua, pero sin perder su esencia. Te vuelves más analítico, menos hablador, menos bullicioso, más condescendiente y tolerante, más cuidadoso. Ese es el gran aporte de lo que los estudiosos llaman sabiduría, que es la filosofía que dejan los años”.

-Es admirable que con sólo segundo de primaria usted haya llegado tan lejos. Hoy mucha gente, supuestamente estudiada, con un cartapacio de cartones bajo el brazo, se siente vacía y desubicada, y no sabe qué hacer con su vida.

“Porque no tienen claridad en sus proyectos y no aman lo que hacen, así sea lo más humilde y sencillo. Y cuando no hay amor de por medio, nada fluye ni funciona. En esto cabe el verso de Diomedes cuando dice: Si quieres ser zapatero, sólo quiero que seas el mejor”.

Justo en este instante, en el filo de las cinco de la tarde, suena el teléfono y Alfredo contesta: “Ya, gracias, en un minuto estoy abajo”.

-Compadre, llegó el carro…

Gutiérrez, frente al espejo, se alisa con los dedos las hebras de su cabello, ajusta la hebilla del cinturón y perfila su chaqueta.

De salida le pregunto qué va a oír su público en los dos conciertos sinfónicos.

“Pueden estar seguros que van a escuchar todos los éxitos que me han hecho grande: ‘Anhelos’, ‘Ojos indios’, ‘Festival en Guararé’, ‘La Cañaguatera’, ‘Paloma guarumera’, ‘Fiesta en corraleja’, ‘La muerte de Abel Antonio’, ‘Matilde Lina’, y muchos más, de antes, de ahora y de siempre, por allá te espero”.

En el ascensor, mientras descendemos al lobby, le pido me confiese el truco para dorarle la píldora al inexorable paso de los años…

“Compadre, a mí la prensa me ha achacado media docena de cirugías, pero no hay tal. Esta cara de perrito pekinés no aguantaría el roce de un bisturí. Pero no hay secretos. Solo vivir bien, sin apariencias ni remordimientos. Dormir lo justo y amar a la mujer que tienes como Dios manda. Y como yo estoy en la edad del cóndor, poner en práctica este verso:

Cuando el hombre es veterano/ conserva su buen humor/ porque despierta temprano/ y a su mujer le hace el amor. Resulta que al despertar/ el baño es lo que desea/, no debe antes orinar/ porque pierde la pelea.

Éxitos musicales de Alfredo Gutiérrez: http://bit.ly/1EQfpuG
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