sábado, 27 de agosto de 2016

Amparo Grisales en salmuera


Ricardo Rondón Ch.

Al principio creí que se trataba de una broma, y bien pesada, que le estaban jugando a Amparito Grisales.

Con todos los memes y montajes que circulan a diario en redes sociales, o excentricidades mayores como la del delfín Simón Gaviria que despilfarró nueve mil millones de pesos para preguntarles a los colombianos si realmente eran felices o se consideraban imbéciles, uno ya no se aterra de nada.

Después de ver a la diva de divas en la tarjeta electrónica luciendo su macizo pernil entre vestiduras vaporosas, como con las que salió a presentar su exitoso monólogo No seré feliz, pero tengo marido, y de leer una y otra vez el texto de la invitación, ratifiqué que este país de birlibirloque, y con su eterna capacidad de aguante, sigue prestándose para lo que sea, entre la farsa y lo descabellado.

La invitación expedida por el municipio de Zipaquirá (Cundinamarca), ¡un gobierno bonito!, así lo citan, con signos de admiración, convoca a personalidades y periodistas, palabras textuales, al acto protocolario que se rendirá a la máxima figura del medio artístico nacional, la actriz Amparo Grisales, quien recibirá las llaves de la ciudad y será distinguida como Embajadora de Honor de la Catedral de Sal, Primera Maravilla Turística de Colombia.

Léase bien: la señora Amparo Grisales, ¡Embajadora de Honor de la Catedral de Sal! No sé si  adrede, este sea un mensaje subliminal para darle un entierro definitivo a la diva criolla, en salmuera cual cachama para sancocho trifásico, y 180 metros bajo tierra, como indica la guía turística, de quien en la distancia apenas se conocen guiños con la iglesia católica por su película La Virgen y el Fotógrafo, con el recordado Franky Linero, ni hablar de los húmedos pecadillos en Las Hinojosas, donde Amparito y Margarita Rosa imprimieron en sus carnosos labios, para furia santa de beatas y ordenados, la primera chupalina lésbica de la televisión colombiana.
  
La misiva en cuestión viene firmada por Luis Alfonso Rodríguez Valbuena, alcalde de la municipalidad, y por Raúl Alfonso Galeano, gerente de la catedral, pero por ninguna parte aparecen los nombres del obispo titular de la Diócesis, Héctor Cubillos, ni de su segundo a bordo, el padre Camilo Torres, nada que ver con el legendario cura guerrillero.

Es de imaginar la rabieta de los clérigos oficiales por ignorarlos del ágape, al menos por asuntos de etiqueta y reglamento, toda vez que a este convite debió asistir en pleno la lagarteada criolla -con almuerzo incluido-, y la parentela en rama de los altos funcionarios con sus respectivos suegros y cuñados (como contó una fuente de catacumbas), tal cual lo hicieron hace unos días en Miami en otro acto protocolario, el de las credenciales Ripley’s para la Catedral, aunque usted no lo crea, dizque donde se gastaron la ¡súper millonada! en viáticos, a la hora de libros contables, gastos de representación.

No es de extrañar cuando los políticos meten mano en asuntos religiosos, y algo viene oliendo mal de tiempo atrás en los predios del santuario zipaquireño, justamente por las falanges sombrías de la politiquería y la burocracia rampantes, que en este caso no es la sal de la mina, sino el despilfarro a manos llenas y las pésimas administraciones. De razón que cuando uno llama a las oficinas, las secretarias hablan ateridas y entre murmullos, con un temblor latente en la nunca, como en thriller de suspenso.

Pero lo de la Grisales es la tapa: Embajadora de honor, ¡háganos el bendito favor! ¿Por cuánto el cheque al portador? ¡Averígüelo Vargas! Y ella cobra por derecha. Ni boba que fuera.

Si la idea de la organización era enganchar con una campaña estratégica para rescatar la imagen adormilada y estéril del santuario por culpa de sus administraciones mediocres, hay una y mil posibilidades coherentes con el estatus y la solemnidad del imponente templo, como otrora se programaban festivales de música sacra, misas sinfónicas, cuartetos de cuerdas, alterno a actividades propias de los mineros de ley, los que sudan la gota gorda entre socavones, que en nombre de la Virgen de Guasá, su Santa Patrona, se lucían en su efemérides con todo tipo de representaciones artísticas, vitrinas gastronómicas y artesanales. Y sin tanto derroche.

Abrigo por años una enorme admiración por la Grisales, por su carrera pujante en las tablas y ante las cámaras; por sus luchas de vida y sus inquebrantables convicciones; también cuando lenguaraz y provocadora se suelta ante micrófonos a hablar de meros machos, de conquistas a la carta y de sus acrobacias de lecho. Pero de ahí a ser Embajadora de Honor de la Catedral de Sal, Amparito, hay mucho trecho.
     
En ese orden del día  y como están las cosas, alcanzo a vislumbrar, cualquier día, que no sea lejano, como diría el poeta de marras, a Sarita Corrales, de mantilla traslúcida, corsé y tacones escarchados, como Embajadora de Honor del Episcopado Colombiano.

El diablo, cuando le viene en gana, salta a la cocina como el gato y hornea hostias. 
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