jueves, 20 de julio de 2017

"Ser colombiano es un acto de fe"

Jessica Alexandra Hernández, 27 años, madre cabeza de familia, habitante de Soacha, luchadora y emprendedora, beneficiaria Bancamía/BBVA Foto: Rubén Darío Escobar 
Ricardo Rondón Ch.

La frase del escritor argentino Jorge Luis Borges que aparece en su relato Ulrica, compilado en el Libro de arena (1975), alude a la pregunta que le formula una mujer nórdica a su pretendiente,  un profesor universitario payanés:

-¿Qué es ser colombiano?

-Ser colombiano es un acto de fe-, responde el catedrático.

Metáfora de un sentimiento de incertidumbre, de desprotección, y casi siempre de desesperanza ante las causas perdidas, producto de la falta de oportunidades, de la violencia, de la pobreza y de la estigmatización generacional del colombiano del común en las fronteras del mundo, que solo mostrar su pasaporte despierta de inmediato sospechas de narcotráfico, delincuencia, corrupción, prostitución, con las consecuentes reprimendas y humillaciones consabidas.

Pero al mismo tiempo un acto de fe al que se aferra el compatriota de bien que cree y lucha en lo que se propone por encima de la adversidad y de las dificultades, hasta ver consolidados sus propósitos.

Un acto de fe que en la mayoría de ocasiones repercute en bregas y hazañas heroicas que superan la ficción, justamente porque brotan de convicciones férreas, del pulso extremo que demanda la supervivencia, y de los fortuitos relámpagos de la imaginación, con la premisa de luchar o morir en el intento, llenarse de coraje para levantarse de las caídas cuantas veces sea necesario, y no permitir que la derrota lo amilane. La historia nacional así lo ha demostrado y hay miles de ejemplos por doquier.

El de Jessica Alexandra Hernández, una humilde pero emprendedora madre cabeza de familia, habitante de Soacha, de 27 años, raya en la inverosimilitud: Su jornada comienza a las cuatro de la madrugada, cuando después de dejar a sus cuatro pequeños hijos listos y desayunados para que acudan a clases, se echa una lavadora al hombro para alquilarla a domicilio.

Uno de varios aparatos que ella aprendió a reparar y con los que transita de ida y vuelta las calles destapadas y polvorientas de su localidad para prestar este servicio. Jessica es bachiller, a mitad de camino de un  tecnológico en mercadeo y ventas porque se quedó corta en dinero y en tiempo para sus críos, y cansada de golpear puertas y de no lograr un empleo, se ingenió lo que para muchos podría significar una disparatada forma de supervivencia.

Caterine Ibarguen, orgullo del deporte nacional, otro de los claros ejemplos de que "ser colombiano es un acto de fe". Foto: BBVA   
Pero la mujer no se ha dejado vencer. En este trabajo de alquiler de lavadoras ya completa cuatro años. Ha caído tan bien en su entorno, que quienes saben de su emprendimiento le ceden las que han tenido por tiempo inservibles y arrumadas para que ellas las repare y las ponga a funcionar. 

Hace unos días, por su capacidad de entrega, por sus esfuerzos y sacrificios, y las metas que tiene trazadas, como adquirir una moto y adaptarla para hacer más llevadera la faena con sus lavadoras, e invertir en la casalote que habita para convertirlo en centro de operaciones de su trabajo, Jessica recibió el respaldo financiero de  Bancamía, entidad que en Colombia representa a la Fundación Microfinanzas BBVA.

El testimonio de la mujer, que como el titán mitológico se echa el mundo al hombro para liberarlo, no puede ser más franco y contundente: “Esto es algo que uno hace porque lo tiene que hacer, no hay opción: o lo hace o deja morir los hijos de hambre”.

Para los de afuera, quienes acostumbran merodear este país en plan de turismo o por simple curiosidad, cámara en mano, no es fácil ser colombiano. Porque serlo, como quiera que sea, está relacionado con lo imprevisto, la dificultad, la necesidad, la aventura y el peligro, pero por lo mismo, con una inmensa capacidad intuitiva y recursiva para salir del atolladero y solucionar su modo de vida por la vía legal.

No en vano se le atribuye a Colombia la etiqueta de ser uno de los países más felices del mundo, porque es tan grande el esfuerzo que se emplea para sobrevivir, que todo se celebra: desde la consecución de ese empleo que por años se estaba anhelando, hasta el reemplazo de la nevera vieja por una nueva, en el día de la madre.

Ser colombiano es reinventarse la vida de mil maneras y asumir retos a toda costa, con pasión y entrega, muchas veces al límite, con la camiseta puesta del crack que luce la amarilla de la selección y apunta el gol de la clasificación en los segundos extras del tiempo reglamentario, y como James o Falcao en la gramilla, o cualquiera de los pupilos de la era Pékerman, Caterine Ibargüen en las ligas de diamante, Nairo Quintana, Rigoberto Urán o Esteban Chaves en las carreteras del mundo, o Mariana Pajón en sus vuelos olímpicos por las rutas del bicicross.

Hay una manera práctica de conocer un colombiano en cualquier lugar planeta donde se encuentre, y sin preguntarle de dónde es: fija la mirada en los ojos, acompañada de un estrechón de manos y una sonrisa, y el orgullo palpitante de quien es oriundo del país más bello del mundo, el que se añora y se siente hasta las lágrimas cuando se está lejos de él, el de sus gentes laboriosas y hospitalarias, capaces y dispuestas  a grandes desafíos y a cinematográficas empresas, en medio de los tropiezos y las desventuras.

Por todo eso y mucho más, como el profesor universitario del personaje de Borges, ser colombiano es un acto de fe.
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