miércoles, 13 de septiembre de 2017

Alan Ramírez, el hijo del mariachi

Alan Ramírez, la gran revelación de la música popular en Colombia, apadrinado por el legendario Luis Alberto Posada. Foto: website Alan Ramírez
Ricardo Rondón Ch.

La casa de Alan Ramírez, además de su amorosa familia, está habitada por instrumentos.

Cualquier desprevenido que llegara por primera vez a su morada de tres plantas del sector de Country Sur, en Bogotá, con saludables aromas de eucalipto que emanan los bosques de San Carlos, podría afirmar que allí funciona una academia musical.

Hay instrumentos por todas partes: guitarrones con sus voluminosas panzas que se amoldan a los mullidos muebles de la sala, señoritas vihuelas acomodadas en los rincones de los dormitorios, y sus novios, los galantes violines apoltronados como gerentes de fiduciarias; guitarras, muchas guitarras, de todas las formas, tonos y tamaños dispersas por alfombras y canapés, en posiciones caprichosas, como neuróticas damitas de turno en el consultorio del psicoanalista.

-¿Quién me dejaría aquí esta trompeta?-, exclama desde la cocina la dueña de casa, doña Libia Ramírez. “Orden en la sala, por favor”, repunta la señora que levanta la tapa de una refractaria para vigilar el punto ideal de una lasagna.

Talento, disciplina, responsabilidad y respeto por el público, caracterizan el genio artístico y la personalidad del joven intérprete. Foto: website Alan Ramirez
El desorden instrumental no es adrede. Se produce cada vez que se programa un ensayo, que suele darse dos o tres veces a la semana, depende de la comprometida agenda del joven Alan, la gran revelación de la música popular en Colombia, que a escasos dos años de su debut en solitario viene seduciendo a públicos diversos, colegialas y maduras por igual agrupadas en ocho clubes de fans, y sus vídeos sobrepasan la alentadora cifra de un millón de reproducciones.

En la mesa del comedor, Joselín Aldana, el jefe de hogar, que también es el director de orquesta, da el visto bueno al flyer de un próximo concierto en el parque El Tunal que reúne a la crema de este género musical, y en el que figura, para honra y orgullo del apellido, su amado hijo Alan.

El pequeño Alan, el hijo del mariachi, luciendo su primer trajecito de charro. A la derecha, su padre, Joselín Aldana, fundador y director de Tequila Fusión. Foto: Archivo particular
Aquí, en esta residencia de un barrio capitalino de clase media, se cuece una historia como para telenovela. Una historia de vida, musical por excelencia, sazonada de boleros, rancheras, valses, corridos y tonadas pasadas por el cedazo del agave y el mezcal; de trajes de charros y sombrerones de la Plaza Garibaldi en los extramuros del Zócalo del D.F. mexicano; una memoria entre el arraigo y la diáspora, la de una familia entregada a las artes melódicas, con ese cancionero de ayer, de hoy y de siempre que toca las fibras más hondas del miocardio, y una voz fresca y juvenil que cautiva por doquier, la de Alan Ramírez, el hijo del mariachi.

Sí, porque al vástago cantor que hoy frisa los veintitrés almanaques lo mecieron en cuna los acordes del repertorio antológico mexicano, y mucho años atrás, cuando aún la fe de bautismo no daba cuenta de su gracia, su padre Joselín bien muchacho, de veintidós primaveras, conquistó el corazón de quien hoy es su esposa y madre de sus hijos con Nochecitas mexicanas a todo pulmón y con su primera guitarra, justo en el ágape de celebración de sus quince años. Que siga don Pedro Infante. Y que cante…

"Y esta va por todos ustedes, mis cuates, y por ellas, aunque mal paguen". Foto: Archivo particular
La serenata primeriza se produjo en Bello, Antioquia, el terruño natal de doña Libia, que al poco tiempo se consolidó como el hogar de una joven pareja unida en matrimonio para narrar una página idílica de esfuerzo, superación y perseverancia, el amor por los hijos y por la música popular: él, Joselín Aldana, como vocalista e intérprete de la vihuela a órdenes de las contrataciones con su mariachi. Ella, Libia Elena Ramírez, fiel a la tradición de la mujer antioqueña, al mando y el orden de la casa y de la crianza, que son las faenas más arduas, responsables y consagradas del mundo.

Vicente Fernández, Marco Antonio Solís, Sandro de América, Darío Gómez, el Charrito Negro, y Luis Alberto Posada -quien a futuro apadrinaría sus primeros frutos de artista-, entre otras leyendas del acetato y la pantalla grande, fueron los primeros contactos del pequeño Alan con el género popular. El ADN de la música estaba presente en sus cromosomas desde el vientre materno, y ese patrón de la genética jamás se equivoca.

Arrullado, crecido y formado con los sentidos acordes de la melodía que penetra a lo más hondo del corazón. Foto: website Alan Ramírez
Joselín, virtuoso, incisivo en sus ideales y batallador como el que más, se hizo a su propia marca en el contexto mariachi: Tequila Fusión ha sido desde sus inicios una empresa artística de connotado reconocimiento, además del talento de sus integrantes, abanderada por principios irreductibles de profesionalismo, disciplina y respeto.

Conocido es por quienes profesamos cariño y admiración por esta música, que el anhelo de un mariachi es dejar huella en la nación azteca, más cuando se es de un país como Colombia, mexicanista por excelencia. De modo que una vez se presentó la oportunidad, Aldana no vaciló en discutirlo con su esposa, con la alentadora afirmativa de una mujer sabia y emprendedora que quiere lo mejor para su marido y su familia: “Vaya, mijo, pruebe nuevas suertes. Dios proveerá”, fueron sus palabras.

Y así fue que Joselín, con escasas valijas, pero con el corazón henchido de ilusión y de ganas, despegó al México lindo y querido que durante tantos años había entonado a propios y extraños en griles, talanqueras y romanzas de balcón.

Cuatro años de bregas y desvelos en el D.F. mexicano para reunir el presupuesto que hizo posible que sus seres queridos se establecieran con él en una vecindad “como la del Chavo del 8”, cita doña Libia, aledaña al Zócalo, y por su proximidad a la emblemática Plaza Garibaldi.

Una experiencia del cielo a la tierra, con las consabidas dificultades que representa adaptarse a otra cultura y a un nuevo régimen de vida. Por el acento colombiano, los miraban raro, y en el colegio, Alan, de nueve años, fue objeto de burlas y matoneo. “Todavía tiene la huella de un puntazo de lápiz en la espalda”, asegura su mamá.

El maestro Luis Alberto Posada, leyenda del despecho en Colombia, no se equivocó en 'echarle la bendición' a su ahijado Alan Ramírez. Foto: Mi gente FM
Joselín hacía lo suyo con el mariachi Tecalitlan, mientras que su señora esposa se concentraba en la educación y formación de sus pequeños, Alan y Alejandro, quienes cursaban sus estudios primarios en la Escuela Miguel Hidalgo. Acostumbrarse a los fuertes condimentos de la comida mexicana no fue tarea fácil, como tampoco a las festividades de fin de año, sobre todo doña Libia, habituada al apego de las numerosas celebraciones de las familias paisas.

Pero no todo no fue sinsabores en esa travesía por México. Allí conocieron a Juan Gabriel cuando develó su estatua en Plaza Garibaldi y fue el centro de atracción de un show espectacular de más de dos horas que registró la prensa con bombos y platillos.

Ver de primera mano al Ídolo de Juárez, llorar con sus canciones, viajar con el mariachi y tener de cerca a figuras rutilantes como Alejandro Fernández y Angélica María en escenarios estelares de la cultura mexicana como el Palacio de Bellas Artes, significó para ellos una experiencia que aún se comenta en tertulias de comedor, con tal entusiasmo, como si se tratara de un episodio de apenas unos días. El gran colofón de ese periplo fue el nacimiento de Karen Guadalupe, la Lupita, una bendición del cielo, y el más grato recuerdo de la capital mexicana, de una estadía de dos años y medio.

Sin embargo, Joselín insistía en ir más lejos. Estados Unidos sería su próximo destino. Pero para llegar a Los Ángeles, epicentro de todos los géneros musicales latinoamericanos, en especial el mariachi y el sentimiento norteño, había que tomar la ruta cinematográfica de Ciudad Juárez, escala riesgosa y temeraria de una urbe azotada por la inseguridad y la violencia a las mujeres, de las que aún se cuecen dramáticas y espeluznantes noticias.

Estampa de su debut como intérprete profesional del género popular. Primeros pasos de una carrera prometedora. Foto: website Alan Ramírez
Allí estuvieron cuatro meses, tiempo que Joselín Aldana invirtió para tramitar su visa. El tránsito del mariachi a los Estados Unidos fue un mar de lágrimas para los suyos, sobre todo para su mujer, compañera inseparable de su odisea, que al final se armó de valor y retornó a Colombia con sus tres críos.

Fueron tres años a la distancia, entre la nostalgia y la indulgencia, con el valor y la fe afincada en que todas estas peripecias y sacrificios que plantea la vida contribuirían al fortalecimiento de los lazos familiares, y de una economía más solvente para respaldar el crecimiento y la educación de los retoños.

Cuando Joselín regresó, Lupita ya asistía al jardín y balbuceaba Las mañanitas, del ilustre y recordado zacatecano don Manuel Ponce, autor de Cielito lindo, Estrellita y La cucaracha, entre otras joyas del pentagrama de la música popular mexicana. El cuadro tierno y conmovedor de la pequeña caló en su sistema nervioso como un toque de trompetas que anunció un capítulo próspero y renovador, que a partir de ese instante marcaría el rumbo definitivo de su vida como padre y como artista.

Consentido por los medios de comunicación especializados en el género popular. Foto: Archivo particular
Alan ya había despuntado a la adolescencia y el feliz regreso de su progenitor, como dicen los mexicanos, le hizo echar ganas para acompañarlo en sus jornadas con el mariachi Tequila Fusión, sin que esto fuera un impedimento para sus responsabilidades en el colegio.

Comenzó los fines de semana como auxiliar de sonido en el Museo del Tequila, de la familia González-Aragón, en la zona T de Bogotá. Y así poco a poco se fue involucrando con las partituras y los instrumentos, primero con el guitarrón, ese bajo de pecho, y luego con la vihuela. Cualquier noche, su padre le dejó una palomita en tarima, y el tránsito de la voz de niño a la del hombrecito que reclama una talla mayor de pantalones y un cinturón con herradura de acero, se produjo con La Malagueña, prueba de fuego de pulmón y garganta, legendaria añoranza de don Miguel Aceves Mejía, el Rey del falsete.

El videoclip de su éxito 'Sírvalo pues', original de don Alirio Figueroa, fue filmado en la discoteca 'Capachos', de Villavicencio. Foto: webiste Alan Ramírez
El día de su graduación como cantante y con el mariachi que tantas luchas y trasnochadas le había costado a su padre, fue el mismo con el que celebró su mayoría de edad y el título de bachiller. Los comensales del Museo del Tequila le correspondieron con un cerrado aplauso, y los augurios de talento y materia prima para tocar el techo de los privilegiados.

Uno de ellos, entre brindis y cantatas, el acreditado contador y revisor fiscal de varias estrellas del espectáculo, don Alirio Figueroa, lo contrató para amenizar el cumpleaños de uno de los amigos de sus mayores afectos: Luis Alberto Posada, ícono de la canción popular en Colombia.

Como si las buenas vibras estuviesen confabuladas, Alan Ramírez se descubrió de su sombrero de charro, y con un do de pecho inmarcesible en la primera estrofa, sorprendió al homenajeado con Mi ranchito, de José Alfredo Jiménez. Don Alirio quedó estupefacto ante el vozarrón del debutante, pero más impresionado aún el cumpleañero, quien después del agasajo lo llamó aparte para felicitarlo, para decirle que estaba hecho para cosas grandes. Le preguntó que si ya había grabado, le dio su tarjeta, e inmediatamente lo puso en contacto con su manager para invitarlo a su estudio de grabación en Cartago, Valle.

-Muchacho, quiero que grabes un tema mío, a ver cómo te sale-, le dijo Posada.

Alan Ramírez, arrollador en tarima, con el respaldo instrumental de la agrupación que dirige su padre. Foto: Archivo particular
Estoy perdiendo la razón fue el tema punta de lanza de un trabajo discográfico que a la larga incluyó catorce cortes: Vivo en las nubes, Desnúdame, Ni una lágrima, A golpe de mula, Corazón de cartón, letras de distintos compositores, con el frente instrumental del afamado anfitrión, y en consecuencia, padrino por derecho propio de su carrera musical.

Como si esto fuera poco, Posada invitó a su protegido para que abriera los conciertos de una gira por diferentes regiones del país. Lo presentaba como un hijito más y le soltaba el micrófono para que diera rienda suelta a esos primeros impulsos que se sienten en tarima, la ansiedad, los inevitables nervios, el alboroto del público. Algo parecido, según los expertos, a la aventura de treparse a lomo limpio en un potro cerrero.

Alan, con la convicción y la certidumbre de que semejante oportunidad era determinante para su carrera, dio más de lo que tenía presupuestado. Se trataba del todo o nada, de tomar el toro por los cuernos hasta vencerlo, de hacerse a su propio sitio en el territorio de los que se están dando a conocer, de entregarse en alma, corazón y vida. Y con este andamiaje, el respaldo y los consejos de su padre, y las rogativas a la Virgen de Guadalupe de su madre, fue cosechando sus primeros frutos.


Uno de sus firmes propósitos a futuro próximo, conquistar las audiencias y los mercados discográficos de México y Estados Unidos. Foto: website Alan Ramírez  
Aquí hay que resaltar el decidido apoyo que le brindó don Alirio Figueroa, que con su ojo clínico se encargó de cristalizar las esperanzas de Yeison Jiménez, porque está autenticado que hoy más que nunca talento y presencia no son suficientes, y una mano oportuna redunda en el auge y la promoción de un artista: grabación de vídeos, medios de comunicación, publicidad, posicionamiento en redes sociales, vestuario, transporte, etc. Figueroa le apostó a su nuevo pupilo, y los resultados se están viendo con creces.

Si su primer videoclip de Estoy perdiendo la razón, donde Alan Ramírez aparece acompañado de la modelo María Alejandra Jaramillo -hermana de la archifamosa Paola Jara- se aproxima a las 200.000 reproducciones, el de Sírvalo pues, original de don Alirio Figueroa, grabado en la discoteca Capachos, de Villavicencio, bajo la dirección de Andrés Osorio, sobrepasa el millón, una cifra más que reconfortante a escasos meses de circular en plataforma.

Pero Alan Ramírez no se endiosa, es consciente de que esto apenas es el inicio, que está muy joven (23 años), que falta mucho trecho por recorrer, obstáculos que superar, envidias, intrigas y habladurías que esquivar por los atajos de una maratónica competencia que es en la actualidad la nueva sangre del género popular en Colombia: un firmamento tachonado de estrellas, que así como fulguran, de la noche a la mañana se extinguen sin volver a recobrar su altura.

En una repisa del salón de comedor de la residencia del joven talento hay un ejército de ángeles y arcángeles protectores y mediadores. Son de la dueña de casa: Uriel, Jofiel, Raziel, Miguel y Gabriel. Cada uno con su propia intención y oración. Todos los días, a mañana y noche, doña Libia los invoca y les reza. Les encomienda su familia, la carrera elegida de Alan para que fluya sin tropiezos, y si los hay, para que los supere con firmeza y sabiduría.

El altar de los ángeles, arcángeles y potestades de doña Libia, bajo el retrato tutelar del feliz matrimonio. Foto: la Pluma & La Herida
Mientras ella en la cocina sigue atenta de la lasgna que servirá a su amado Alan que minutos más tarde tiene que salir a cumplir a una entrevista radial, Joselín Aldana, reunido con los muchachos de la agrupación, afina su vihuela para marcar el compás de un nuevo ensayo con el tema furor del momento: Sírvalo pues.

-A ver, muchachos-, ¡un, dos, tres!-, y el caserón queda invadido de arpegios y armonías. Alan Ramírez…¡Sírvalo pues!

Una vez cumplido el entrenamiento, la tropa también pasará a manteles para disfrutar de las delicias del platillo italiano hecho por manos paisas, las más recomendadas en estos trajines de la buena sazón.

La jornada de doña Libia comienza a las cinco de la mañana y termina muchas veces después de la media noche. Hay mucho por hacer en un hogar de artistas, y a ella no se le escapa el mínimo detalle, como ajustar el botón del blazer Hugo Boss azul marino que Alan lucirá en su próxima presentación en Maramaos, y la camisa y los mocasines brillantes que deben combinar perfectamente con el tono del traje.

El Museo del Tequila, escenario debut de Alan Ramírez, en los albores de su promisoria carrera artística. Foto: Archivo particular 
De otras prendas se encarga su papá Joselín, que desde que despegó la carrera de su muchacho, oficia como su manager. Son las prendas íntimas de las muchachas que al borde del paroxismo le lanzan a su hijo a la tarima. Es que el artista tiene su empaque y su estampa, y le llueven por igual jovencitas de uniforme y veteranas desesperadas y ansiosas de colágeno. Y como Alan ya es papá de una nena de dos meses, el cerco es cada vez más cerrado con el alboroto femenino.

Le pregunto a Alan hasta dónde quiere llegar y si tiene un mantra que lo rige. Él, sencillo y abierto a cualquier interrogante que se le formule, responde:

“Me veo creando un género popular-ranchero, sin desconocer la gran escuela del mariachi que es obra de mi padre. ¿Y un mantra?, ¿una frase que rija mi vida, quieres decir? Te la tengo: ‘Si estoy con Dios, ¿quién contra mí?’”.

A punto de salir y en los afanes de la despedida, se oye otra vez la voz de doña Libia desde la cocina.

-Hijo, no te vayas a ir sin tomarte el jarabe…

-¿Qué es?-, le pregunto a la doña mirando el contenido en un pocillo de cerámica.

-Jengibre con miel y un tantico de cristal de sábila, para aclarar la voz.

Secretos a voces de las adorables y protectoras mamás paisas.

Videoclip 'Sírvalo pues': bit.ly/2t4xbsP

Website Alan Ramírez: bit.ly/2w8eNBT
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